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¿De qué quieres trabajar?

Todo huele diferente.

El primer día me tomé un vermú. Técnicamente ese día todavía estaba de alta en la empresa de fabricación de bloques en cadena. El Director de Echar Recursos, echado.

Era la primera vez que me despedían y el fluorescente parpadeaba como si de una sala de interrogatorios se tratase. A mi derecha un segurata con cara de portera y a mi izquierda el que se suponía era el "único de mi parte" aunque tanto él como yo sabíamos, que los martes a las 19:35, debajo de la mesa del CEO se compraban voluntades.

El CEO de la compañía llevaba a penas unos meses en mi ya no empresa. Se había ganado la fama de bonachón inútil porque iba por ahí con los mofletes sonrojados y dando las gracias a los empleados por cosas tan nimias como apagar las luces al salir. Le habían recordado en algún obsoleto máster de la Escuela de Negocios de los Señoros, que debía parecer simpático, aunque por dentro solo recordase el número de expediente de sus recursos. A veces cometía errores felicitando a Marga, de 57 años, el nacimiento de su nuevo hijo o dando el pésame por la muerte de su esposa a Fran, que recién se había casado con su flagrante marido de veinticinco años.

Esta vez no sonrió. Tampoco se mostró enfadado. Sé, por mi condición de vidente, que lo que se estaba imaginando era a él mismo firmando el finiquito con la punta de su rabo de señoro con muchos ceros en la nómina. Por supuesto, la nómina también se la había puesto él.

Me acompañaron a la salida mientras se oía algún leve aplauso. Tímido, por el miedo a otro despido. Llevábamos meses complicados, porque ya nadie necesitaba bloques en un mundo cada vez más virtual. Habían cambiado al CEO para dar una visión más amable a la compañía, pero dentro sabíamos que lo que intentaban era cambiar el producto, y para ello necesitaban menos gente, mucha menos gente.

Tras treinta años trabajando, el segundo día, me sentí como un perro en una jaula. Me levanté a la hora que mi cuerpo me exigió. El capitalismo seguía instalado en mis ritmos circadianos. Mi mujer se había ido media hora antes a su trabajo como abogada. Mi masculinidad frágil seguía intacta. ¡Oh sorpresa! No pasa nada, no me siento inútil. Saqué al perro a pasear y me tomé un café con los jubilados del barrio. ¿un euro y sesenta y cinco céntimos? ¿Puedo permitírmelo? El día estaba siendo ya muy diferente y estas preguntas también eran nuevas para mi.

En la cola del paro, seguí descubriendo nuevas cosas sobre mi persona. Como por ejemplo que soy un auténtico clasista. - ¿Qué demonios hace alguien como yo en un sitio cómo este? La funcionaria apoyaba su taza en uno de los bloques que nuestra, perdón, mi anterior empresa fabricaba. ¿De que quieres trabajar? De repente mi mente volvió al jardín de infancia. ¿Puedo ser maquinista del tren?

Mi mujer volvió a las ocho. - ¿Qué tal tu primer día como parado? - Recordando a mi primera jefa el día que detecté un talento entre mediocres recursos contesté: - Ha sido un día muy muy particular.

Enciendo el televisor mientras me sirvo la cena: - ¡Bloques.org renueva su producto, hemos dejado de fabricar bloques para dedicarnos al bienestar de TUS empleados! En Vloque.es ahora podrás enviar bloques virtuales a tus colaboradores más eficientes. ¡Es la era de los recursos humanos digitales!

- Cariño, me he hecho viejo. Por cierto, mañana comienzo en la escuela de nuevos maquinistas, necesitan personas que se hayan pasado toda su vida siguiendo una vía. 

¿Puede ser que la felicidad sea esto? Cierro los ojos. Mi mujer besa mi frente. ¿Ves? No pasa nada.

Mañana no sonará el despertador. 


Arosa.

Pequeños vaqueros

No había flecha que le pudiera hacer daño a Lucas, durante ese trepidante juego que se habían inventado en el patio del colegio. ¡Ríndete si quieres seguir con vida! Se oía a lo lejos mientras los profesores sorbían el primer café de la mañana. ¡A los caballos, a los caballos!

Las flechas imaginarias silbaban en los oídos de Lucas, mientras en su cabeza urdía un plan para vencer a los indios que se asomaban por detrás de la profesora de plástica.

¡Lucía! ¡Te rescataremos! Y al volver a escuchar su antiguo nombre, algo punzante, atravesó su corazón de vaquero.



Arosa.

Pallella

 -¡Pallella! ¡Xa estou!

- A ver que che poño o pantalón.

- ¡Non! ¡Aínda vou durmir máis!

- Bueno carallo bueno...

- ¡Xa estou!

- A ver...

- ¡Non non, aínda non!

- ¡¡Ai que carallo Dieghiño!!

- ¡Agora si!

- Non me rompa-la cabeza ¿eh? Veña, que xa está o chocolate a facer. Vai chamar tua nai e aínda estamos así.

Na cociña xa cheira aquel chocolate que fai cunhas tabletas gordas e vermellas, nas que sae un negriño. Salto da cama e vou correndo.

-¿Quéreslle sopas de pan?

-¿Son as do porco?

- Mala chispa te coma... ¡Como van ser as do porco! Acaba que imos soltar ós pitos.

As galiñas durmen ao lado do muiño do millo. Sempre me deixa abrir a portiña pequeña pola que saen. Dame un pouco de medo, porque xa me picou un galo unha vez de pequeno, pero agora xa son maior e a pallella deixame facer a mistura do millo moído, o pan de onte e as sobras da cea da noite.

- Eu ó porco non lle dou. Miro dende atrás. Pero non lle pegues ¿eh? ¡que sempre lle pegas co pau!

- ¡E que este porco ten moito vicio! Vai onda Farruco e máis a Mora, que esperten.

A Pallella ponlle un cacharro de ferro verde ao burro e levámolo ao monte. 

- Ti colle os pauciños pequenos que eses prenden ben. 

- Buff... ¿despóis lévasme ao Picho a comprar un cropán? 

Voltamos á Presa. Eu nun dos lados do cacharro verde e a leña noutro. Ela vai andando, que non se cansa. Eu non sei como non se pode cansar, co cansado que estou eu... Onte fumos a unha misa non sei onde e erguémosnos cando aínda era de noite. Levounos un veciño e vomiteille todo o coche porque era moi lonxe e a min madrugar séntame moi mal. A ela non.

- ¿Que imos comer hoxe Pallella?

- ¿Xa tes fame? ¡Arnéghoche demo! Hoxe hai bacallau que o puxen a desalar onte a noite.

Cando comemos bacalao sempre soa unha radio vella que temos alí enriba colgada. A min paréceme un pouco aburrido porque non entendo nada e sempre é a mesma música as horas en punto. Como xa son maior xa sei as horas, porque a miña madriña regaloume un reloxo de Mickey Mouse orixinal. Sonia díxome que cando non había minutos, dícese "en punto", pero eu penso que "en punto" sempre é, porque os reloxos son exactos.

Pola tarde ven Cora e iremos buscar un tesouro escondido arriba no pozo, pasando polo pazo da morte, que é un sitio cheo de caveiras que atopamos a semana pasada (o nome púxollo Cora, pero seguro que lle dí a tía Isabel que fun eu).  A ver se quere ir, porque como xa hai moras igual facemos o noso zumo especial para vender a xente que veña.

- Dieghiño, ponme ahí Colombo que vai comezar.

- ¿Por qué fala así Colombo, Pallella?

- Porque os detectives falan así, ¿ti coñeces alghún detective?

- Pois non...

Cando me dou conta a Pallella xa está a durmir. ¡E iso que acaba de comezar o Luar! A mín gústame o Luar porque cantan e bailan. Cando a Pallella queda durmida póñome un pouco triste porque boto de menos a mamá, pero despois penso que as pernas da Pallella son máis frescas e prefiro durmir con ela. Ademáis as veces con mamá teño medo se non está papá, pero coa Pallella non, porque ela colle un pau e pode con todos.

Escoítanse as pingas do vertedoiro da cociña retumbar no pasillo. Unha, duas, tres... Penso que a Pallella é moi valente por vivir nunha casa con tantas pantasmas sen ter nada de medo. Arrímome a ela para que me dé o fresquiño na pel e penso que igual mañán atrévome a darlle de comer eu ao porco. Quedo durmido.

Hoxe pensei que empuxar esa caixa ao fondo da eternidade era a única maneira de demostrarche que eu tamén teño un pouquiño da túa valentía. Ti non pesabas Pallella, pero todo o cariño e amor que me deche estes trinta e cinco anos, pesáronme un feixe de millo.

Oense as pingas caer enriba da máscara negra. Unha, duas tres...




Arosa

Insuficiencia colórica

Desenterrar.

Sentir pero al revés, ser la pala que quita el asfalto y no encontrar sentido al prefijo "in". Volvimos a descartar los días de volteretas, aún visitamos columpios pero están sellados.

Prohibido pasar.

Han cerrado los parques, hemos vendido la ilusión al postor del "sin contacto". Las barras de los bares ya no hablan de nuestra historia, al Rastro lo han desinfectado y tu mirada es ya solo ese mismo rastro de lo que era emprender.

Después de un tren, ya no viene otro.

Los coches ya no significan libertad. La costa francesa queda muy lejos y tu pelo grita al viento, pero ya ni los girasoles del sur ni yo lo oímos.

Nunca fui de levante.

Pero ya ni el sur me hace soñar. Quedarse entretelas. Rasgarse los sueños y estar en medio de la luna, dónde solo se ven los temblores color hormigón.

Insuficiencia colórica.

Estar pálido de sensaciones. Volver a lamer puertas marrones solo por adquirir color. ¿Grados? treinta y siete. Y la ansiedad clavándote los dientes, y el miedo. El puto miedo.

Arosa





Premoniciones sobre cuatro ruedas



La madrugada del 20 diciembre, Webster explotó en medio de una calle lluviosa de Madrid y a partir de ahí todo fue un poco cuesta abajo...

Quizá por mi cultura galaica o simplemente porque me gusta creer en la magia, bajo la lluvia, observando lo que quedaba de mi coche, no pude evitar sentir un escalofrío esa noche. Algo ya no pintaba bien el día anterior, y efectivamente, los siguientes fueron una serie de catastróficas desdichas, propios de un mal cuento de Navidad.

La historia de mi vida reciente siempre ha ido muy ligada a mis coches. No es casualidad que a todos les haya puesto nombre: desde Rizo, pasando por Sonic y ahora con Webster. Puede que tenga predilección por el hecho de poseer un coche, pero lo que he sentido siempre con este objeto de colección mundana, es el perfecto alineamiento con valores que son esenciales para mi: libertad y autonomía. 

Para un chico de pueblo con una historia familiar como la mía, tener algo en lo que huir ha sido un sueño desde siempre... ¡Como no enamorarse entonces cuando la idea se convierte en palpable! Webster ha sido para mi, igual que los anteriores, un objeto inanimado cobrando vida en mis aventuras y desventuras, mi compañero de viajes, el ansiado caballo blanco.

Con mi viejo amigo en el taller, destrozado por las llamas, llegó una pandemia mundial para aislarme todavía más y azotarnos a todos. Muchas veces he pensado en él, frío, roto, lleno de cables, en una nave paralizada por el estado de alarma. ¿Acaso entonces no era de nuevo una premonición de lo que estaba por venir?

Hoy, seis meses después, el mismo día que los muertos por Coronavirus en España alcanzan la esperada cifra de cero, me han llamado del taller para decirme que Webster ya ha salido de su particular ingreso. Ya sé que es solo un coche, y que exagero cuando digo que lo echo mucho de menos, pero de nuevo, ha vuelto justo para "desescalar" con nosotros esta pesadilla. 

Su primer viaje será el jueves, curiosamente para llevarnos a Colmenar, dónde van a hacernos las pruebas rápidas del Covid19. Son justo las 20.00 ahora, los aplausos se han intensificado por esa buena noticia de cero fallecimientos y yo estoy seguro de que a pesar de ser lunes, las cosas van a ir por fin un poquito mejor. Bienvenido a casa.

Arosa.

Llegar a puerto


Suena el mar tranquilo cuando te sabes en el rumbo correcto. Y es como cuando subes en una de esas atracciones de agua, en las que lo raíles van sumergidos, y no sabes por dónde vas, pero vas.

Estoy en el dique seco esperando a ser lanzado a una nueva aventura, que empezó hace años como el proyecto de algo que nunca sería, como la serie sin presupuesto que compra finalmente Netflix.

Soy el barco sin ancla, el marinero sin espera, la lonja un lunes por la noche. Y siento un miedo muy diferente a los miedos de antaño. Es un miedo agarrado bien fuerte a la balaustrada que separa el paseo marítimo del mar en calma. Oteando la tierra que queda atrás y lanzándome al mar que nunca se ha parecido tanto a un cemento amable y gris.

Dejo la pradera que siempre he querido habitar por el mar de asfalto al que prometí volver solo por UNA razón. Y esa razón, que siempre he imaginado empujándome, me sonríe al otro lado de la A6. Madrid me sopla con brisa marina, y ya estoy arriando las velas, preparado para las tormentas perfectas que espero vivir a tu vera.



Arosa

La cuadratura de la rutina

Y como cada mañana la rutina me acompañaba en cada minuto del despertador, anticipándome ya a ese semáforo que siempre me encuentro en rojo, ese "coruño" que coge mal la rotonda o el Día dónde aparco porque no encuentro sitio delante de la Central del Juego.

Y hoy me paré justo en el rellano del segundo, y me imaginé tus rutinas (las que no tienen que ver conmigo claro...) y miré por la ventana:

La colmena.




Todos con sus movimientos sistemáticos. La señora del cuarto que tiene una bata rosa y prepara el desayuno mirando al vacío. El tio que siempre se cambia en el cuarto de la lavadora sea verano o invierno, y esos niños que se llaman por la ventana para quedar en el portal e ir al colegio.

De pronto mi cámara hace clic y veo salir de mi frente una de esas ventanitas. Parece que alguien quiere decirme que está saliendo de la rutina y se ha montado su pequeña cabaña en mi cabeza.

Y pienso de nuevo en como preparas el desayuno, con esa disposición milimétrica de la fruta y entonces me doy cuenta de que solo pensando en eso, he roto mi rutina mañanera y he sonreído antes del primer café. 

Bajo un par de pisos más. No me das los buenos días porque eres un poco despreocupado. Pero sin darte cuenta ya has conseguido la cuadratura del círculo: romper mi rutina sin hacer nada.

Arosa.

Diciembre

Puede que este haya sido el año que más cambios ha traído nunca a mi vida. Puede que los profetas ya escribiesen en sus libros que el 2018 sería un año para recordar, para dejar de soñar y cumplir viejas promesas y antiguos deseos. Puede también que algunos de esos deseos cumplidos no hayan sido tan increíbles como esperaba pero las realidades que me han traído han sido y son suficientemente intensas como para ser recordadas hasta la saciedad:

Mi mejor amiga se ha prometido con el amor de su vida, y el relato de su boda será digno de escribirse sobre las tablas de la más bella serendipia. 

Mi padre se ha casado en el casino dónde trabajo y mi madre ha vuelto a reunir a todos los primos en su segundo día nupcial. Y es que después de un tren, puede venir otro.

He vuelto a la que pensaba que era la ciudad de mis sueños, y con un nuevo trabajo y una nueva vida me he plantado en Coruña, que aunque me está diciendo bastante menos de lo que esperaba, ha sido un cambio importante de rumbo.

Pero lo mejor que me ha traído este año, ha sido la posibilidad de abrazar sin remordimientos y sin fin. De amar sin miedo al compromiso, de entender, de dejar de despedirme en angustiosos besos imaginados. Me ha traído la posibilidad de dejar de recibir tus postales y de que por fin, este diciembre, pueda besarte antes de las uvas, sin deseos escondidos en campanadas, sin sentirme culpable por pensarte en los cuartos y sobre todo volviendo a ti pero quedándome, para besarte también en el primer minuto del resto de nuestras vidas juntos.

Diego



CIEN

He tenido que escribir CIEN veces CIEN que no he escupido tantas palabras por nadie como por ti.
Hasta esta última casualidad que es abrir mi libro por la centésima parte de la historia, me grita que no he conocido nunca a nadie como tú.

Que no consigo odiarte de las ganas que te tengo y que son CIEN las hostias que volvería a darme en esta eterna serendipia que es tenerte cerca y lejos al mismo tiempo.

Son CIEN las canciones que suenan a la vez cuando hasta el agua de la ducha me recuerda aquella noche. Y CIEN son las ganas de caerme por el barranco de tus palabras habitadas, que son pocas pero repletas.

Quiero ser el verbo de tus años 90, el cromo que nunca hemos tenido, el Tamagotchi que perdí en dos mil cinco. Quiero ser tu Capitán Planeta, tu Bollicao en la merienda, y en la cena, y en el desayuno.

Quiero ser tu Cadena CIEN, las CIEN pesetas de tu bolsillo, las CIEN veces que he soñado con darte las CIEN caricias diarias que te mereces.

CIEN.

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Diego

Microhistoria


Pensé en gastar mis yemas tecleando algo largo y terapéutico como tu sexo.

Pensé en pasar la tarde de domingo borrando mis huellas dactilares arañando las paredes.

Entonces recordé que necesito mis dedos para garabatear tu espalda...

Fin.

Diego.


Every day is Christmas


Cuando era pequeño...

Cuando era pequeño mi padre solía poner villancicos en nuestra "maxi" cadena musical. Era tal la incomprensible rabia en mi, que recuerdo hasta golpear el aparato mientras mi padre sonreía.
Quién me conozca hoy en día, quizá no se crea este recurrente recuerdo navideño. ¿Por qué?

Porque he tenido la suerte, de tener a mi lado "pocos" pero importantes elfos que amaban la Navidad, y con los que, especialmente uno, aprendí a ver "el nacimiento" con otros ojos. 

La Navidad no es solo consumismo, perfumes caros y luces (bueno, luces si). Es ese momento del año en el que lo irremediablemente naif, se hace con nuestras oscuras tardes de invierno, y  en el que tus vanagloriados amigos hablan de beber vino caliente y de lo mucho que odian las reuniones familiares.

La familia no es imprescindible en Navidad. No hace falta cenar en casa en Nochebuena. Yo lo he probado y es algo tan mágico como el vino caliente. No tienes que regalar nada si no quieres. Y las luces... bueno, las luces no son opción, van irremediablemente con las noches oscuras de Navidad.

Mis fiestas a los treinta y uno, son de buen vino, queso, villancicos rancios de Mariah Carey y amigos grinch que sonríen cuando ven como miro mi abeto lila de Navidad con ilusión infantil. Y jersey hortera, y muchos complementos, y abrazos.

He tenido amor en Navidad, y solo me permito utilizar esa palabra abiertamente en estas fechas. He abierto regalos bajo el árbol mientras comía bombones, he conocido la tranquilidad de un salón iluminado y las noches de reyes, tonteando contigo en la barra de un bar. He celebrado fines de año anti-familia con mi burrita catalana y he ido a comer al Foster Hollywood con el niño Adrián, mi hermano. 

Pero si las disfruto tanto, es porque sin duda sé lo que es pasar un diciembre negro bajo los fríos gritos de una casa nada, nada navideña. Y es por eso que ahora que he construido mi particular retiro festivo, dónde la amistad, la solidaridad, el amor, la bondad (y las luces) reinan, adoro todo lo que rodea a esta tradición, a mi tradición.

Y decir que el espíritu navideño debería estar presente todo el año, es como quitar un libro a un niño el primer día que comienza a leer. 

Por eso mañana, volveré a abrir el baúl de mis antiguas fiestas de Navidad, y bailaré encima del sofá cualquier mierda de Michael Bublé, con una copa deloqueseaperomuynavideña en la mano, mientras disfruto de la familia que en ese instante elija. Pondré después los villancicos de mi padre, y golpearé con fuerza al Caga Tio mientras todos sonreímos. Los que estamos, y los que no.


Dié



Te conoce mi familia

Te conoce mi familia.

Eres todos los años de guerras estúpidas fuera de mi país. Cuando mi país es lo que piso cuando acaricio tu nuca al despedirnos.

Te ha visto mi hermano allá por el 1874, cuando todavía soñaba que los tres reyes magos te traían. Bendita mirra. Te ha visto él, que nunca pronuncia cosas complejas. Ha visto lo cotidiano en nuestros ojos y me ha preguntado, perplejo, que clase de Dios eras exactamente.

Mi madre Martirio, es especialista en sonreír cuando oye la palabra Madrid. Es la capital de todos los recuerdos dolorosos que le encanta relatar mientras comemos, con vino. Mucho vino.¿Recuerdas? Ella si. Lo hace todas las putas semanas.

Tengo otros dos hermanos que te quieren y odian a partes iguales. Se han dado cuenta de que no hay nada más estable que la inestabilidad que me produce tu presencia. Una tiene miedo, el otro insiste en que me haga ese tatuaje, que dices querer. 

Mi cuarta hermana, desde Lugo, no dice nada. No hay nada que decir. Igual que cuando nos vemos los quince segundos que me parece que dura el momento en que te tengo delante y solo consigo mantenerte la mirada durante dos.

Mi tía sonreía la semana pasada, cuando insistió en preguntarme por mi Estado. -Vivo fuera de él; le dije; y solo atravieso su frontera en tren, cuando la copa rota de mis noches, me incita a comprar un ida y vuelta.

He aprendido a vivir "integrando" y a pesar de que las matemáticas nunca fueron lo mio, estoy "derivando" todos nuestros encuentros al baúl del destino truncado. Tras 48 horas cruzando la frontera más gruesa del mundo, comienzo a llorar. Las fresas salen muy caras cuándo no están de temporada, me dijo esta tarde Aitor.

Ya hace mucho tiempo que no te espero. Y sin embargo tampoco he tenido éxito en la búsqueda de tu sustituto. Como quién pretende ganar la liga con un suplente. Y comienzo a pensar que eres mi relación verdadera, y el resto, amantes con los que serte infiel.

Las cosas me van bien, aquí por el norte. Trabajo mucho, me conoce la gente ¡Al invisible Diego! y he hecho buenos amigos. Pero esta tarde, contento, me he dado cuenta de que no voy a conocer nunca tus pequeñas manías, no te veré de traje ni conoceré a tus primos. No sé cuantas veces pones la alarma de tu despertador, ni si haces mucho ruido cuándo... bueno... ya sabes.

Descuida, te conoce mi familia. Y sabe que no soy sin ti, y que las cosas están mejor con alguien como tú rondando mi presente, desde tan lejos, en el pasado. Bailando todavía Sabina y construyendo pequeños momentos hechos de píldoras de quince segundos. Nuestra vida seguirá, y no vestiremos de  levita, pero siempre seremos nosotros, levitando sobre la rutina. 

Arosa

El puto miedo

Me sorprende como el miedo, a pesar de ser irracional y llevarse mal con el aprendizaje, se atrinchera cada año, más cerca de nuestras pasiones.

Y ahí está, cuando te levantas una mañana y crees que la vida es rutina y tortura. Esa mañana que dejas que salga de la boca (de qué más da quién) un "hasta siempre" o un "esto es demasiado para mi". Es el miedo que grita desde tu oficina, cuándo suena el teléfono y ya no es ella, porque te has despedido muy antes de tiempo.

Aparece también cuando está casado, y tiene dos hijos, y te dice que ya solo piensa en ti mientras elige las cortinas de su nueva hipoteca. Y le tiembla la voz, y le gritan los hijos, y te lo dice pero no da el paso. ¡Pasos a mi edad!

También se esconde en esa Navidad en la que le coges la mano y gritas ¡Huyamos!, en cualquier antro de una gran ciudad, de Bilbao, por ejemplo. El puto miedo.

Y qué me dices de aquel amor del pasado. Aquel amor dormido que regresa una decena de años después. Y todo está preparado, y cae en tu cama, pero no en las redes. Porque hace diez años no tenías miedo, te gustaba, la amabas. Pero ahora eres ese manojo de miedos que te comiste un domingo cuándo ella se marchó con otro. Y vuelve a ser un "nunca" en tu cuaderno.

Puedes pensar que el miedo se construye sobre tus pasados, pero nada más lejos de la realidad. Porque últimamente, también se asoma en las nuevas caras. Y quizá, no es buena idea abrir otra caja de Pandora... y dejarlo salir. Y no acudes a la cita, y si lo haces no vas a la segunda... porque... ¿Tienes miedo?

Claro que no lo tengo. Es que no me apetece, es que estoy mejor sola, es que para que complicarse.

Y le llamamos madurez, y nuestras rodillas permanecen intactas, sin cicatrices... como nuestro amor propio.

Y le llamamos felicidad, cuando en realidad... es confort... ese puto confort, que es peor que el propio miedo, que va siempre de la mano y que nunca, nunca, nos permitirá cometer un error. ¿Seguro?

Dié

Va a volver a pasarte

Hay discos que no vuelven a girar. Hay pentagramas que pierden su sentido, cuando la blanca no termina ni a los cuatro tiempos, ni a las cuatro estaciones.

Todavía no ha llegado el invierno. 

Y aún así hay días que todavía planto flores de plástico en nuestras macetas verdes. Las manos manchadas de tierra, tu cocinando al fondo del pasillo, y el sino de todas mis primaveras, que siempre consiste en balcones cerrados.

No hay tiempo que no recuerde, que todavía fue ayer cuando sangraban las paredes. Que todavía, con cerveza en mano, ayer dije que no era mi momento.

Recuerdo a nuestra amiga favorita, diciéndome que caerías sobre mi como la losa más gruesa cuando menos me lo espere. Igual que cuando se muere una madre, pero con el amor. Y es que ya no lo escribes con mayúsculas, cómo cuando vestía pantalones de pana y escribía cartas en lápiz a mis vanagloriados amigos.

Los daños colaterales, es lo que ocurre entre la calma de las buenas Navidades. Y las Navidades tardan más cada vez que nos caemos. Una vida de daños, no sería más que la desdicha de saberte llorando en las fiestas del pueblo.

Recuerdo los malos momentos, y mi cerebro de cemento sabe y sigue los pasos "correctos", pero recuerdo también las palmadas en la boca, las sábanas blancas, las notas al final del corredor y la risa de la monotonía buena, la de pizza, sofá y cosquillas.

Ya no digo "te quiero", ya no salto al vacío, ya no planeo picnics en el mar, ya solo intento mantenerme cuerdo mientras termina la canción. Porque aún no ha llegado el invierno, y yo ya estoy temblando.

Diego

El viaje de Cáncer


El viaje.

Dicen que los nacidos bajo el signo zodiacal de Cáncer, viajamos lento.

El viaje se torna para nosotros, significado y destino. Aferrarnos a esa vía nos protege del "yo mataré monstruos por ti" y nos desliza suavemente al mundo de los sueños. Somos inventiva. Sentimos tan desde dentro, que hemos creído en la posibilidad de no tener que despertar jamás. 

Despertamos cuando nos sentimos cómodos. Los Cáncer, como los guerreros más estrategas, solo atacamos con pasión cuando nuestra intuición nos dice que tenemos algo grande ante nosotros. No damos pasos en falso, pero nos caemos continuamente. Preferimos intentarlo SIEMPRE. Somos constantes y amamos lo que hacemos en silencio.                                                                                                                                                                                                                                                         No he conocido a ningún Cáncer que no disfrute embriagándose. Quizá porque somos tímidos, aunque no lo parezcamos, quizá porque nos gusta soñar cada noche, o porque sabemos, que a veces, en las barras de los bares, los viajes se hacen más intensos. Quizá también porque adoramos las mareas y tener el cerebro nublado, para ver más claramente.

Bajo nuestro caparazón duro, nos escondemos cuando las cosas no salen bien, tenemos un mundo de fantasmas y pasado, al que recurrimos para intentar siempre, aprender algo. Nunca lo hacemos. Preferimos soñar. Coger el tren. Estrellarnos si es necesario. Vivir. 

Las personas nacidas bajo el sol del verano, no podemos vivir sin los besos. Tampoco conozco a ningún Cáncer que no sea buen besador. Y es que nos sentimos cómodos en la intimidad de un hogar, aunque sea efímero. Somos más nosotros, cuando un desconocido nos permite entrar en su círculo mágico, y aunque cautelosos... siempre, siempre viajamos con él. Sea un año, un mes, o unas horas.

Ese es el viaje. Saber que las experiencias, las buenas y las malas, hay que vivirlas con toda la plenitud que te permite saber, que cumplir años no es nada más que emocionarte, soñar, caer y volver a levantarte. Tengas una o treinta cicatrices. Sepas o no que el viaje no tiene destino. Te subes al tren, te sientas al lado de alguien que te sonríe, le pides al revisor una copa y vives.

Feliz cumpleaños.




Arosa.

La Playa

Por un momento, Carmen había olvidado lo que realmente la hacía auténtica. 

Había confundido molinos de viento con gigantes, aquel viernes de tormenta.

Carmen sabía que sus diferentes vidas, solían juntarse en aquellos momentos en que la luna era casi invisible, en las noches oscuras de cielo despejado. Correteaba la Carmen divertida, esa que no dudaba de las volteretas a las que la vida la empuja, la que creía que podría enamorarse del viento, de las hojas, de las princesas Disney. Esa Carmen acababa arañando siempre a la delineante de sonrisas. Esa que di-bu-ja-ba con matemática precisión cada paso previo al desastre. La chica que calcula con definida sonrisa los días de la semana en los que puede comer carne, o las veces que debe comprobar si la puerta de la cocina está correctamente cerrada. - No queremos que entre ninguna sorpresa. - Pensaba.

Oscura. Letal. La tercera vida de Carmen, la tercera campanada sorda, era esa Carmen loca y desquiciada en lo negro, la Carmen arrojada por todos y por ella misma. La descendiente, la de ojos grandes, redondos y vidriosos...

Esa tarde, ese viernes de tormenta, un rayo de cordura cayó sobre esta tricotomía, este "rojoblanconegro". El impacto recibido, fue causa de una puerta abierta al azar... esa que la Carmen más obsesiva, había olvidado dentro de una copa de ron de oferta.

Las volteretas no tardaron en convertirse en sexo y la oscuridad, simplemente hizo más interesante, si cabe, el momento.

Pero Carmen tardó solo una semana en darse cuenta, de que de nuevo, los molinos blancos y rectos, poblaban su vida, sus caminos, los paisajes que a menudo visitaba. Y lloró sobre los brazos de la descendiente, que le recordó, a pesar de que era su parte más odiada, que había algo que siempre curaba su ansiedad.

Carmen salió de la tienda de baratijas de segunda mano, en la que le gustaba hacerse la sociable y se dirigió a la playa de Ribamorta. Extendió su toalla gris. Sus manos temblaban y el sudor de su frente corría nariz abajo. Se acercó a la orilla, dejó de escuchar el gentío. Sumergió sus manos, se puso de espalda y dejó caer a las tres sobre aquel mar que tanto solía mecerle. 

Azul.

De repente todos sus huesos, músculos, fibras, nervios... se despegaron de su piel. 
De repente todo se alineó y recordó lo que realmente hace auténtico a alguien. Su capacidad de reinventarse, de hundirse y salir a flote. Y entendió también, que nunca debía olvidar que su independencia, su "voy a hacer lo que me da la gana" no tiene sentido si no va de la mano del amor propio y esa playa... esa playa que es suya y de nadie más y en la que recompone su espíritu cuando la vida se mete demasiado en lo que ella, quiere y por supuesto, puede hacer: Disfrutar de si misma en su completa imperfección. Que es perfecta.


Arosa


Cicatrizando

"Cuando pica es que está curando".

Las plaquetas son amigas de las mañanas blancas, porque tapan las heridas de las largas noches de pesadillas.

"Échale limón, que si escuece, es que está curando"

No recuerdo cuándo fue la última vez que sangré por las rodillas. Pero cuando salen las primeras arrugas, no es la sangre lo que te aterra, es la cicatriz

"La saliva de un perro ayuda a cicatrizar".

Cuando la herida está abierta, saltamos a veces sobre el cuchillo. Entonces o terminamos de rematarnos, o la adrenalina es tan fuerte, que las plaquetas despiertan. Prefiero las heridas abiertas, que drenan antes. Las pequeñas y punzantes roturas, duran y no tienen buen pronóstico.

"Si no ves la sangre, te dolerá menos".

Es necesario saber que estamos sangrando. Es necesario saber cuando un animal está herido, porque los animales heridos no solo deben ser ayudados, también es conveniente temer a sus reacciones.

"Alcohol 98º por favor, con Coca-Cola".

Y seamos libres para llorar sobre nuestras heridas, presionarlas siempre que necesitemos sentirnos vivos y permitirnos curar a nuestro ritmo, lo que otros no han sabido coser. Y dejemos que nos abracen mientras, que la vida no está reñida con el camino. Son sinónimos de todo lo que dejamos que siga ocurriendo.


Dié




Ventana de Oportunidad

La vida es el juego macabro de dos dioses que no saben tirar los dados ni jugar al parchís. Las reglas las marca el azar, y estas dos proposiciones, se niegan y se transforman. Y el resultado es la falacia de que el camino es caminado por nosotros.

Tomar decisiones diarias es el placebo con el que los dioses han tratado de bendecirnos. Y nada más lejos de la verdad a excepción de cuando se abre esa ventana de oportunidad, que es más comúnmente conocida como el tren amarillo (mostaza) que pasa por una más que dudosa estación decrépita y abandonada. 

El tren no para, pero pasa. No para porque la estación está cerrada y los dioses han tirado dobles, y riéndose mientras juegan con las agujas, el convoy pasa lento lento lento... 

Los amantes del ferrocarril, solemos preferir las máquinas más estropeadas, más ruidosas y más difíciles de encontrar. Por eso, y aunque la estación esté cerrada, miramos hacia arriba, maldecimos al azar, y aspiramos fuerte el olor a oportunidad. Pero cerramos la ventana y sacamos nuestro cuaderno de viaje, 00:15 pasa la 242-0278 y abre su puerta el vagón comedor de primera clase.

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Arosa

Abril

Anoche escuchaba el tambaleo de tambores rodando por mis marzos. Era la sangre espesa por mi vena cava, palpitando primaveras. Anoche lloraba la rabia en mis adoquines, goteando de color blanco angustia. 

Los meses impares son como paredes encaladas perpendiculares, cortando las buenas rutinas y las malas pasiones. Los meses con M son asfixiantes a excepción de mayo, que precede las íntimas pasiones de los veranos en mi ciudad.

Llevamos apenas dos horas y media de abril. Dicen que la Virgen prefería abril, pero estoy seguro de que un andaluz optó por dejar ese mes para la feria. Sábados de gloria, jueves benditos y pascua de tus ojos. 

Suda el sexo cansado de no pensar y hablo del superior, cuándo a sexo me refiero. Volteo la cabeza hacia el cabecero de mi cama. Blanco marzo. Supongo que abril viene cuando uno lo desea muy fuerte. Abril de mis amores, que riegas con agua verde el blanco marfil de todos mis pasados, con precisa emoción nos adviertes de la primavera y sus pecados.

¿Puedes hablar sin cometer adulterio de marzo en abril? Te han engañado cuando recitabas los versos del calendario lunar. Abril es el mes uno. Es desperezarse y sentir la lluvia fría sobre tu rostro caliente, es tu cara observándome fijamente, es el loco sorbiendo con tenedor, es la postura inadecuada, es un poco el cumpleaños de una vía muerta y a la vez la ilusión de lo provisional.

Abril no es para zanjar, ni para comprometerse a nada. Abril es para comenzar a vivir.




Dié

Sorbetes de limón

Tengo un amigo que es un desastre.

Tengo un amigo que cuando se rasga las rodillas, se levanta, mira hacia atrás unas décimas de segundo y sigue corriendo como si nada. 

Tengo un amigo del cual he pensado siempre que es un inconsciente, un salvaje.

Los desastres de este amigo mio, parecen no afectarle. Es impasible a roturas, rasgaduras y arañazos. No es un tío insensible, ni frío. Le va tanto la melancolía y el drama como a un servidor (por eso somos tan amigos), pero tiene un interruptor de "ya es suficiente" que siempre me ha parecido muy ligero de accionar.

Discutimos a menudo y como es costumbre, él nunca tiene razón. De todos es sabido que la razón la poseo yo, y "yastá". Luego reflexiono, y en mis planes de acción siempre está él y su manía de ponerlo todo patas arriba. 

Nos odiamos muchas veces y al cabo de un tiempo (de años hablamos, incluso), nos encontramos borrachos llorando en la barra de un bar. Si fuéramos novios, mi psicoterapeuta me miraría con cara de desaprobación (que bueno está mi psicoterapeuta).

Pero somos amigos y hemos aprendido que la parte que nos falta a los dos, le sobra al otro y desde pequeños, hemos defendido cómo terratenientes, nuestra personalidad. Esa ha sido la clave de tantos años de amistad. Ser auténticos y fieles a uno mismo.

Pero aunque nos respetamos en la diferencia, nos encanta tirar con nuestra cuerda y sorprendernos siendo a veces el otro: en ocasiones me lanzo cuesta abajo y sin rodilleras; en otras, él se sienta en el pupitre y dibuja un esquema de lo que debe hacer. Y así, la vida es mucho más completa y no necesitas decantarte solo por el sorbete de limón, tiras para el bar de enfrente, y pides ronda de Estrella Galicia.

A mi gran amigo Aitor, que hoy es un poco más viejo (que no maduro).


Dié

O que me vai facer famoso

O que quero que vexas

40

 Cuarenta. Nada era tan importante, nada era tan grave, pero todo es necesario Diego. Puedo decirte desde aquí que lo estás haciendo muy bie...