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Construir

Construir para perdurar, pero tendrá que haber algo más, una forma de mantener vivos los pensamientos pasados, de inventarle lados nuevos a la belleza o una manera de hacer realidad lo increíble, esto pensaba el ruso al contemplar la obra de Zalampernio.





Foto: Playa de Lourido, Poio.
Fulgencio Argüelles - El palacio azul de los ingenieros belgas

El tiempo de las bestias

[...] Me sentía afligido y desazonado y no me llegaban los pensamientos con lucidez porque aquellas experiencias de acercamiento y rechazo, de ir y volver, de estoy cruzando el umbral pero no sé si entro o si salgo, se me antojaban demasiado rigurosas y no hallaba razones ni fuerzas para disimular la congoja, esa sensación en la que el alma se quiere salir del cuerpo pero no encuentra por dónde, y pasaba la mano por las nalgas de los caballos para sentir su calor y también sentía los latidos de la sangre saltando por sus venas, y cuanto más me crecía el deseo por aquella endiosada mujer más pequeño se me quedaba el amor propio, que es el traje de gala que viste el alma cuando se siente orgullosa de su dueño, y había por tanto movimientos en el cuerpo y movimientos en el alma porque uno y otra se aliaban para dejarme escrito el miedo en la conciencia. Me sentía muy cerca de aquellas dos bestias que tenían las miradas brillantes y no miraban a ninguna parte, hastiadas de mirar o indiferentes, sin nada en el mundo presente que pudiera merecer un parpadeo, y en aquel vacío, con olor a sudor de los caballos, el tiempo estaba tan quieto como la mirada, y pensé que el tiempo que se movía era todo lo que éramos y que el tiempo que no se movía era todo lo que no éramos, aquello que había sido pervertido o malogrado, y que a veces batallaban ambos tiempos como lo hacían el amor y el miedo, y cuando triunfaba el amor el tiempo se hacía momento singular para la memoria, y cuando triunfaba el miedo el tiempo se convertía en soledad.





Fulguencio Argüelles - El palacio azul de los ingenieros belgas

Mirar pero no ver

[...] Y me miró, pero a mi me pareció que no me estaba viendo, y quedé flotando en el vacío de la espera y la vergüenza, porque mis palabras habían sido indiscretas, y pensé de nuevo en la aritmética de los momentos, en cómo había situaciones que parecían vivirse en una nueva e ilusoria dimensión que dejaba entrever su magia por la superposición de muchos tiempos, de muchos momentos o circunstancias, todos concentrados y observados por la mirada de algún ojo invisible, sujetos por algún punto dónde la mente y el corazón confluían con todas las interrogaciones y con todas las certezas.

Fulgencio Argüelles - El palacio azul de los ingenieros belgas.


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