La extracción de la piedra de la locura




No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes dentados, vegetación lujuriosa. Pero quién habla en la habitación llena de ojos. Quién dentellea con una boca de papel. Nombres que vienen, sombras con máscaras. Cúrame del vacío --dije. (La luz se amaba en mi oscuridad. Supe que ya no había cuando me encontré diciendo: soy yo.) Cúrame --dije.

Alejandra Pizarnik

El Faro


El Faro de Capri puede ser una fantástica muestra de optimismo y robustez. Rojo teja, con sus lineas blancas, menudo, recto y un poco respingón, como asomándose entre las rocas. Sin embargo, no puedo dejar de ver un cierto resplandor extraño, como un secreto.

El secreto puede descubrirse, si uno sube por las rocas calientes y se sienta de espaldas a su tronco, mucho más grande si se ve desde abajo. Allí, una niña de origen alemán, escribe en su libreta sobre pequeños sueños de niña de interior. Se imagina aquel verano de veleros, en la isla de Menorca, bañada por el mismo agua. Aún tiene doce años, pero cree saber lo que es el amor. El amor debe de ser algo así como ese faro bajo el que escribe. Rojo, por supuesto, con sus lineas marcadas, solo diluidas por los surcos de espuma que los barquitos dibujan en el mar... y en su libreta.

Un poquito más abajo, en una calita repleta de sombra, un lugareño de catorce, construye una cabaña con palos y deshechos. El no sueña, ni se da cuenta del faro, ni del mar. Solo quiere construir. Es fuerte, y sabe que algún día será pescador, o quizá guía turístico (en una isla así nunca se sabe). Aún no se ha planteado lo que es el amor, vive demasiado inmerso en sus aventuras. Ahora es capitán pirata, ahora un corsario, ahora es el Rey de Nápoles que quiere conquistar la pequeña isla, ahora...

Tan distintos, pero tan niños los dos, bajo el mismo faro y con vidas tan diferentes, probablemente esa tarde no se cruzarán. Ella volverá a la villa hotelera y el a su casa de color rojo, con su abuelo. Y el faro, esa noche, no habrá podido guiar la vida de dos niños, no significará nada, y su optimismo, su rigidez, se verá mermada por la luna brillante sobre el Mediterráneo.

La luna del mar de Capri, que no tiene secretos, que es blanca como una hoja de libreta y que jamás se encontrará con el sol, pero que besará la luz del maravilloso faro de Capri, que no puede evitar quedarse desnudo, ante su secreto, ante la imposibilidad de cambiar el destino de los navíos más cercanos a su corazón, aquellos que cubren sus paredes de historia y que lo admiran desde sus bicicletas, como a un gigante sin sentimientos.

Dié

Los grandes gestos


Por más que intente esconderme, soy un romántico empedernido, por ello estoy en constante búsqueda de los grandes gestos, las grandes hazañas.

De esto mismo charlaba ayer con mi amiga Clara, de la inminente perdida de apuestas a todo o nada, del poco valor de las relaciones, de la caída libre del esfuerzo.

Y no es que nos quedemos sentados, esperando a que alguien toque la bocina bajo nuestra ventana o que celebren nuestro cumpleaños con postres sorpresa, o que nos saquen de la rutina con noches especiales. Es que los que esperamos estos gestos nos entregamos de forma definitiva, y nos enganchamos al sabor de las acciones, que realmente, poco tienen que ver con el amor verdadero, pero alimentan las ilusiones y las ganas de seguir viviendo aventuras de más o menos duración. Somos esclavos y dejamos de controlar la situación.

No me dicen nada las noches de sexo desenfrenado, no me sabe bien la piel de aquel que no me ha hecho sonreír, prefiero un soplido tras la oreja, una caricia bajo la mesa, una mirada constante.

Todo esto tiene en ocasiones consecuencias catastróficas para la salud mental, y es que somos propensos a enfermedades de transmisión sentimental, y por más que razonamos, nos comen por dentro los virus de los caballeros de guante blanco, bajan las defensas y quedamos inmersos en estado catatónico, soñando siempre con consumar el objeto de tanto dolor, de tanto placer.

Aun así, soñadores, estamos enganchados a esas personas, que escapando de sus raíles, nos ofrecen en bandeja noches en las que somos únicos, y no sé como consiguen forzar el brillo de sus ojos, sin que se note cuando vuelven a su cauce, porque yo todas las mañanas soy el faro de mis vanas esperanzas, que se apaga aproximadamente cada dos, tres meses. Hasta que vuelves a buscarme en globo, me encuentro el salón lleno de notas de amor, me cantas una rumba al oído o te pierdes conmigo por las calles de Madrid.

Y nunca sé si todo ha sido un sueño, pero por si acaso, vuelvo a dormirme y apago por unas horas el faro que no tiene barcos que guiar, para guardar un poco de luz a quién toque las cuerdas de este violín.

Y el verano se nos hizo más largo... y anoche llegó el otoño.



Uno fue la luna que dejaste en mi colchón, dos tus ojos.
Tres de cuatro barcos naufragaron en la forma de tus modos.
Cinco las mañanas esperando a que volvieras del trabajo,
seis canciones llevo sin dejarte de querer y aún no he
acabado.

Siete los hoteles que dejamos sin aliento, y menos solos,
Ocho vinos duelen al soñarte, equivocada en brazos de otro.
Nueve teclas grises de un piano de pared desafinado,
y
cinco dedos con mis otros cinco te recuerdan demasiado
Con todo para tí nada a mi lado...

Si quieres, te ayudo a subir
bolsas del mercado.
Si quieres, hacemos el verano algo m
as largo.
Si quieres, nos quitamos la ropa y leemos algo
Que la luna siempre llena de tus besos.

Once taxis libres enfadados, mientras tú y yo de la mano.
Doce los reclutas que pasaron por tu campo concentrado
Trece buena suerte si es que pasas sin maletas por mi barrio
y puede que el catorce de febrero se
n
os junte con los labios.
Con todo para tí nada a mi lado

Si quieres, toda canción de amor lleva tu nombre.
Si quieres, decimos a Sabina que nos nombre.
Si quieres, buscamos en el cielo más razones.
Que la luna es niña que juega y se esconde.

Si quieres, Si quieres...

Somos


Somos como la plastilina, de un color pardo y apagado, un color más bien triste, así como el marrón anaranjado que no es lo suficiente vivo para ser naranja mandarina, ni lo suficientemente castaño para ser marrón toco.

No valemos más que lo que queremos o podemos valer. El precio de nuestras vidas es totalmente devaluable, en consonancia a nuestro estado de ánimo, céntimos arriba, céntimos abajo. No cotizamos en bolsa y a menudo nos cuesta encontrar comprador.

Somos bastante todo: bastante guapos, bastante inteligentes, bastante graciosos, bastante trabajadores, bastante cabales, bastante responsables... y no demasiado todo también: no demasiado coquetos, no demasiado graciosillos, no demasiado serios, no demasiado aburridos...

Y en realidad somos un suficiente raspado. Una fotocopia mal hecha, en la que lo especial de cada uno, muchas veces son esas lineas borrosas, esa mancha en la esquina posterior derecha, esa palabra mal escrita.

Medioqres.

Y aun así, seguimos adelante, arrastrando muchas veces los pies, dejando un rastro en la arena y esperando a que cualquier otro imperfecto, nos bese en los labios encartonados, y susurre que somos únicos, al menos, para él.

Y eso es a lo que mayormente podemos aspirar. Y lograrlo, es cuestión de tiempo, si no de recuerdos arrugados por el susodicho.


Die.

Sumando



El cada vez más pequeño ingeniero volvió derrotado a su despacho. Cabizbajo, añadió otra crucecita roja a su lista de fracasos...


... y segundos después, como si de un proceso automatizado se tratase, sacó su bolígrafo verde de los planes futuros, y añadió una "V" a sus "Proyectos que mejorar y experiencias que vivir".


Siempre sumando, tal y como le habían enseñado en el colegio, tal y como había aprendido jugando con el núcleo en las largas noches lluviosas de Sevilla.

Die

Fusión

Como un niño que se saca un diente, y ya va por el cuarto o quinto. Que no le duele, que lo hace sin el más mínimo interés. Así sentimos a veces las patadas de la vida, y nos damos cuenta de que las malas experiencias siguen endureciendo nuestro corazón, que no ya contento con ser de hormigón, pasa al acero, y al plutonio.

Pero no somos fríos. Seguimos manteniendo la energía en el interior, la fuerza, las ganas, la pasión... solo que con los años, y el avance de las tecnologías, construimos esas paredes de contención, que aparentan firmes y frías pero que contienen lo más increíble y hermoso que el ser humano ha sabido mantener: su fondo, su pasión, su vida.

Porque si no protegemos nuestras vidas, no podremos proteger al ingeniero que intenta acceder al centro de ellas. Porque si dejamos al aire nuestros sentimientos, volvemos a romper nuestro interior y tardamos años en reconstruirlo y perdemos la oportunidad de ser felices.

Es fácil mantener la coraza, si eres experto en caídas a distinto nivel, lo difícil en estos casos es acceder al núcleo. Que las sondas directas no siempre funcionan, y el tiempo y la distancia hasta él, juegan en contra del ingeniero (y del núcleo). Y al final fracasan. Estrepitosamente. Y el metal se vuelve a enfriar, y el ingeniero se desanima y se desploma al suelo y máquina y humano se miran, volviendo a recordar los errores y lloran. Se quedan solos.

Así, la dureza del corazón y la poca habilidad del ser humano, vuelven a caer como una jarra de agua fría sobre la historia de la civilización. Que no contenta con crear guerras, alimentar envidias y elaborar sistemas absurdos, también se afana por complicar su existencia y poner trabas a lo único que vale la pena: la fusión.

Die.


O que me vai facer famoso

O que quero que vexas

40

 Cuarenta. Nada era tan importante, nada era tan grave, pero todo es necesario Diego. Puedo decirte desde aquí que lo estás haciendo muy bie...