Construir

Construir para perdurar, pero tendrá que haber algo más, una forma de mantener vivos los pensamientos pasados, de inventarle lados nuevos a la belleza o una manera de hacer realidad lo increíble, esto pensaba el ruso al contemplar la obra de Zalampernio.





Foto: Playa de Lourido, Poio.
Fulgencio Argüelles - El palacio azul de los ingenieros belgas

Canto


Te canto Carolina pero tarareo Si Llueve en Sevilla. Pienso que "de paso", se han cruzado muchos paisajes abruptos y tanteo tus bosques como quien acaricia el musgo, imaginándose la rugosa arena de la cala de sus pasiones.


En zigzag susurro el invento de un camino, que es recto y sin niebla. Y vuelve a fallarme la memoria cuando intento acordarme de mis trecientos tres fracasos y mis noches de náufrago por Madrid.

Tengo camas que flotan a la deriva y no saben de tus ojos. Tengo pasados orcos y futuros sirena, que no me dejan pensar. Tengo despedidas cosidas al alma y rasguños profundos, sangrantes, que colman de miedo cada domingo tarde, que callan.

Y te tengo a ti. Que eres verdad. Y eres mi vergüenza cuando no consigo avanzar. Y eres las dudas cuando sangro y la esperanza cuando te rasco las entrañas, cuando nos llegamos.


Dié.




Ël

Suena una canción. Es tu primera vez. Sientes la percusión, lenta, acompasada, hipnotizante. Déjame a mi la hipnosis. Despiertas.

El intérprete mantiene tu interés. Respiras cada sílaba y recuerdas tranquilo, contando con tus dedos, el nombre de las rimas. 

Vuelves al principio, pierdes el hilo. Estás pensando en la lista de la compra de tus remordimientos pasados. O en cualquier otra banal historia.

Comienza el recreo. La canción se excita, suda, se contonea, se palpa a si misma. Es la fase que estabas esperando, es el desarrollo. Comienzan a pasar cosas, corres. Estás volando sobre los días que no conoces, y ya no tienes veinticuatro horas. Ya no tienes nada, pero lo alcanzas todo. 

Nada tiene más importancia que crecer tumbado en cama. Estiras tus músculos, aflojas después los tendones, sientes cada conexión pero no sabes que conectan. Te estremeces. Alguien te toca el entrecejo... despa...cio pero firme. Volteas los ojos hacia ninguna parte y caes.

Jadeas. y vas recuperando el aliento. Cesan los ritmos trepidantes, vuelves a tus dedos y arañas la melodía conocida. Abrazas las notas que juegan con tu pelo húmedo y sonríes con los párpados pegados. Ël te mira. Es el Intérprete que ya forma parte de tus veinticinco horas, porque te ha regalado la mejor del día: la última.

Dié







Postcards from Pripyat

De como lo abandonado, lo no resuelto, lo absuelto de la rutina del hacer, se convierte a veces en bello. De como lo oxidado, los huesos cansados, los músculos atrofiados, se vuelven inestables y débiles. Los muros carcomidos de la soledad, por no haber cuidado nuestras anteriores explosiones, se convierten en calentadores obsoletos, que acogen ruinas en sus entrañas. De como los recuerdos crecen como árboles sobre los escombros de un pasado alegre y cálido, rico de experiencias.

De como huimos y volvemos después a comprobar que todo sigue igual pero peor.



Video: Postcards from Pripyat

Dié

El tiempo de las bestias

[...] Me sentía afligido y desazonado y no me llegaban los pensamientos con lucidez porque aquellas experiencias de acercamiento y rechazo, de ir y volver, de estoy cruzando el umbral pero no sé si entro o si salgo, se me antojaban demasiado rigurosas y no hallaba razones ni fuerzas para disimular la congoja, esa sensación en la que el alma se quiere salir del cuerpo pero no encuentra por dónde, y pasaba la mano por las nalgas de los caballos para sentir su calor y también sentía los latidos de la sangre saltando por sus venas, y cuanto más me crecía el deseo por aquella endiosada mujer más pequeño se me quedaba el amor propio, que es el traje de gala que viste el alma cuando se siente orgullosa de su dueño, y había por tanto movimientos en el cuerpo y movimientos en el alma porque uno y otra se aliaban para dejarme escrito el miedo en la conciencia. Me sentía muy cerca de aquellas dos bestias que tenían las miradas brillantes y no miraban a ninguna parte, hastiadas de mirar o indiferentes, sin nada en el mundo presente que pudiera merecer un parpadeo, y en aquel vacío, con olor a sudor de los caballos, el tiempo estaba tan quieto como la mirada, y pensé que el tiempo que se movía era todo lo que éramos y que el tiempo que no se movía era todo lo que no éramos, aquello que había sido pervertido o malogrado, y que a veces batallaban ambos tiempos como lo hacían el amor y el miedo, y cuando triunfaba el amor el tiempo se hacía momento singular para la memoria, y cuando triunfaba el miedo el tiempo se convertía en soledad.





Fulguencio Argüelles - El palacio azul de los ingenieros belgas

Calma

Solo cuando las pulsiones se calman y los ríos se estancan. Solo cuando el aire deja de soplar y son las explosiones neuronales las que escuchas a lo lejos. Únicamente cuando los tambores de lo manso suenan, cuando el ritmo de los días sabe a ru - ti - na. Si caes eternamente en el vacío de los días y todo pasa inadvertido e inocuo. Solamente en este instante de ansiedad hueca y paranoia inmóvil, solamente en esta línea recta, caligráfica e insípida, podremos volver a sentir de repente, sin cartas premeditadas, sin anuncios de megafonía, sin mapas, sin grietas. Sin nosotros.


Dié

La otra carta (1ª parte)

El aire enrarecido de la cabina se colaba por mis fosas nasales, recordándome en cada exhalación, todo lo que estaba por venir. Las luces que tenían toda la responsabilidad de nuestros cinturones apretados, se encendían y apagaban al ritmo descompasado de un pitido suave, casi como intentando llevarnos a un mundo allá por el año dos mil setenta. Mire a mi compañero de viaje, un hombre de unos cincuenta años, al que una pequeña gota de sudor le bajaba por la sien y mostraba todo el miedo que puede darnos las alturas, cuándo ni tan siquiera, nos habíamos separado ni un ápice del finger. 

Una hora y media  nos separaba del aeropuerto de Barcelona, y después, Casablanca. Cuándo mi compañero de habitación, me dijo en la base, que necesitaba que yo personalmente, entregase esta carta, entre whisky y whisky, se me antojó el capricho de un soldadito de plomo enamorado, la excusa para que la mujer que lo añoraba en Marruecos se tomase en serio el tiempo de espera y sobretodo, la imposibilidad de Marcos para viajar, debido al accidente sufrido en las maniobras del mes pasado. Estúpido accidente.

Llevaba la carta en mi cartera de piel marrón. La adecuada para tal propósito, pensé. El sobre, amarilleado y con el escudo de la BRILAT en blanco y negro, tenía escrito "La otra carta" con la pésima letra de mi admirado amigo.

Temperatura exterior dieciocho grados. Tiempo aproximado de viaje, una hora y treinta y cinco minutos. El comandante del Boeing nos saluda. Las azafatas comienzan con sus ignorados bailes técnicos. Cierro los ojos.

Barcelona se alzaba refrescante y dinámica pero yo pasé raudo de terminal en terminal. Dormido, con la boca pastosa y maldiciendo el vaso de whisky que me empujó a decir si. Siempre cumplo mis promesas, siempre, dije. Disculpe señorita, pensaba en alto. Segundo avión. Se trataba de un avión de la Air Arabia Maroc. Blanco y rojo. Tras la pertinente espera, subí a otro Boeing, esta vez bastante más lleno y me senté en el 17A, ventanilla.

El sol se ponía ya, y la temperatura, como era costumbre en la capital, había subido un par de grados. Me encontraba mareado, y comencé a imaginarme como era ella. Había escuchado tantas historias de amor, que la de Marcos y Aisha me resultaba incluso soporífera. Una misión, un permiso, un zoco abarrotado y la empleada de una operadora turística que ofrecía visitas guiadas a la medina. Nada que me haya sorprendido lo suficiente como para recordar más detalles. Sin embargo, me gustaba imaginarme a las mujeres africanas como musas del desierto, con miradas misteriosas y excitantes, calladas, solitarias y soñando con occidente. Soñando y teniendo pesadillas, porque me las imagino también amantes de su tierra, del sol abrazando los naranjos y del olor a especias en cada rincón de cada calle abarrotada, de cada noche iluminada por lunas del sur y de los peligros de una vida salvaje y asfixiante a la vez.


Comencé a soñar.Escuchaba niños correteando entre las nubes, hablando lenguas extrañas y riendo. Ella, Aisha, apoyaba su cabeza en mis piernas, una mecha de pelo se escurría como un río por su frente. Su pañuelo, azul celeste, olía a tierra húmeda y su respiración, tranquila, era ajena a lo que ocurría entre las nubes. Bienvenidos a Casablanca, temperatura exterior veinte grados, hora local nueve y cuarto, gracias por confiar en nosotros, esperamos verles de nuevo.

Cogí un taxi. - Emmenez-moi à la rue Salé se il vous plaît. Ella conocía mi hora de llegada. Mientras el taxista "pilotaba" su Mercedes de los años ochenta por las calles caóticas de la ciudad, toda aquella historia comenzaba a parecerme extraña. No es que no estuviese a favor de rocambolescas aventuras, pero Marcos era un hombre rudo, de buen carácter e ideas tradicionales. Para él había sido un importante vaivén en su vida, enamorarse de una musulmana, pero hacerme embarcar en esta historia para entregar una simple carta, era más propio de mi, que de un cambadés hogareño y bonachón. 

Dié

O que me vai facer famoso

O que quero que vexas

40

 Cuarenta. Nada era tan importante, nada era tan grave, pero todo es necesario Diego. Puedo decirte desde aquí que lo estás haciendo muy bie...