Postcards from Pripyat

De como lo abandonado, lo no resuelto, lo absuelto de la rutina del hacer, se convierte a veces en bello. De como lo oxidado, los huesos cansados, los músculos atrofiados, se vuelven inestables y débiles. Los muros carcomidos de la soledad, por no haber cuidado nuestras anteriores explosiones, se convierten en calentadores obsoletos, que acogen ruinas en sus entrañas. De como los recuerdos crecen como árboles sobre los escombros de un pasado alegre y cálido, rico de experiencias.

De como huimos y volvemos después a comprobar que todo sigue igual pero peor.



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Dié

El tiempo de las bestias

[...] Me sentía afligido y desazonado y no me llegaban los pensamientos con lucidez porque aquellas experiencias de acercamiento y rechazo, de ir y volver, de estoy cruzando el umbral pero no sé si entro o si salgo, se me antojaban demasiado rigurosas y no hallaba razones ni fuerzas para disimular la congoja, esa sensación en la que el alma se quiere salir del cuerpo pero no encuentra por dónde, y pasaba la mano por las nalgas de los caballos para sentir su calor y también sentía los latidos de la sangre saltando por sus venas, y cuanto más me crecía el deseo por aquella endiosada mujer más pequeño se me quedaba el amor propio, que es el traje de gala que viste el alma cuando se siente orgullosa de su dueño, y había por tanto movimientos en el cuerpo y movimientos en el alma porque uno y otra se aliaban para dejarme escrito el miedo en la conciencia. Me sentía muy cerca de aquellas dos bestias que tenían las miradas brillantes y no miraban a ninguna parte, hastiadas de mirar o indiferentes, sin nada en el mundo presente que pudiera merecer un parpadeo, y en aquel vacío, con olor a sudor de los caballos, el tiempo estaba tan quieto como la mirada, y pensé que el tiempo que se movía era todo lo que éramos y que el tiempo que no se movía era todo lo que no éramos, aquello que había sido pervertido o malogrado, y que a veces batallaban ambos tiempos como lo hacían el amor y el miedo, y cuando triunfaba el amor el tiempo se hacía momento singular para la memoria, y cuando triunfaba el miedo el tiempo se convertía en soledad.





Fulguencio Argüelles - El palacio azul de los ingenieros belgas

Calma

Solo cuando las pulsiones se calman y los ríos se estancan. Solo cuando el aire deja de soplar y son las explosiones neuronales las que escuchas a lo lejos. Únicamente cuando los tambores de lo manso suenan, cuando el ritmo de los días sabe a ru - ti - na. Si caes eternamente en el vacío de los días y todo pasa inadvertido e inocuo. Solamente en este instante de ansiedad hueca y paranoia inmóvil, solamente en esta línea recta, caligráfica e insípida, podremos volver a sentir de repente, sin cartas premeditadas, sin anuncios de megafonía, sin mapas, sin grietas. Sin nosotros.


Dié

La otra carta (1ª parte)

El aire enrarecido de la cabina se colaba por mis fosas nasales, recordándome en cada exhalación, todo lo que estaba por venir. Las luces que tenían toda la responsabilidad de nuestros cinturones apretados, se encendían y apagaban al ritmo descompasado de un pitido suave, casi como intentando llevarnos a un mundo allá por el año dos mil setenta. Mire a mi compañero de viaje, un hombre de unos cincuenta años, al que una pequeña gota de sudor le bajaba por la sien y mostraba todo el miedo que puede darnos las alturas, cuándo ni tan siquiera, nos habíamos separado ni un ápice del finger. 

Una hora y media  nos separaba del aeropuerto de Barcelona, y después, Casablanca. Cuándo mi compañero de habitación, me dijo en la base, que necesitaba que yo personalmente, entregase esta carta, entre whisky y whisky, se me antojó el capricho de un soldadito de plomo enamorado, la excusa para que la mujer que lo añoraba en Marruecos se tomase en serio el tiempo de espera y sobretodo, la imposibilidad de Marcos para viajar, debido al accidente sufrido en las maniobras del mes pasado. Estúpido accidente.

Llevaba la carta en mi cartera de piel marrón. La adecuada para tal propósito, pensé. El sobre, amarilleado y con el escudo de la BRILAT en blanco y negro, tenía escrito "La otra carta" con la pésima letra de mi admirado amigo.

Temperatura exterior dieciocho grados. Tiempo aproximado de viaje, una hora y treinta y cinco minutos. El comandante del Boeing nos saluda. Las azafatas comienzan con sus ignorados bailes técnicos. Cierro los ojos.

Barcelona se alzaba refrescante y dinámica pero yo pasé raudo de terminal en terminal. Dormido, con la boca pastosa y maldiciendo el vaso de whisky que me empujó a decir si. Siempre cumplo mis promesas, siempre, dije. Disculpe señorita, pensaba en alto. Segundo avión. Se trataba de un avión de la Air Arabia Maroc. Blanco y rojo. Tras la pertinente espera, subí a otro Boeing, esta vez bastante más lleno y me senté en el 17A, ventanilla.

El sol se ponía ya, y la temperatura, como era costumbre en la capital, había subido un par de grados. Me encontraba mareado, y comencé a imaginarme como era ella. Había escuchado tantas historias de amor, que la de Marcos y Aisha me resultaba incluso soporífera. Una misión, un permiso, un zoco abarrotado y la empleada de una operadora turística que ofrecía visitas guiadas a la medina. Nada que me haya sorprendido lo suficiente como para recordar más detalles. Sin embargo, me gustaba imaginarme a las mujeres africanas como musas del desierto, con miradas misteriosas y excitantes, calladas, solitarias y soñando con occidente. Soñando y teniendo pesadillas, porque me las imagino también amantes de su tierra, del sol abrazando los naranjos y del olor a especias en cada rincón de cada calle abarrotada, de cada noche iluminada por lunas del sur y de los peligros de una vida salvaje y asfixiante a la vez.


Comencé a soñar.Escuchaba niños correteando entre las nubes, hablando lenguas extrañas y riendo. Ella, Aisha, apoyaba su cabeza en mis piernas, una mecha de pelo se escurría como un río por su frente. Su pañuelo, azul celeste, olía a tierra húmeda y su respiración, tranquila, era ajena a lo que ocurría entre las nubes. Bienvenidos a Casablanca, temperatura exterior veinte grados, hora local nueve y cuarto, gracias por confiar en nosotros, esperamos verles de nuevo.

Cogí un taxi. - Emmenez-moi à la rue Salé se il vous plaît. Ella conocía mi hora de llegada. Mientras el taxista "pilotaba" su Mercedes de los años ochenta por las calles caóticas de la ciudad, toda aquella historia comenzaba a parecerme extraña. No es que no estuviese a favor de rocambolescas aventuras, pero Marcos era un hombre rudo, de buen carácter e ideas tradicionales. Para él había sido un importante vaivén en su vida, enamorarse de una musulmana, pero hacerme embarcar en esta historia para entregar una simple carta, era más propio de mi, que de un cambadés hogareño y bonachón. 

Dié

Mirar pero no ver

[...] Y me miró, pero a mi me pareció que no me estaba viendo, y quedé flotando en el vacío de la espera y la vergüenza, porque mis palabras habían sido indiscretas, y pensé de nuevo en la aritmética de los momentos, en cómo había situaciones que parecían vivirse en una nueva e ilusoria dimensión que dejaba entrever su magia por la superposición de muchos tiempos, de muchos momentos o circunstancias, todos concentrados y observados por la mirada de algún ojo invisible, sujetos por algún punto dónde la mente y el corazón confluían con todas las interrogaciones y con todas las certezas.

Fulgencio Argüelles - El palacio azul de los ingenieros belgas.


Queda prohibido...


Queda prohibido no dejarse llevar y sentir lo que queramos sentir.
Queda prohibido permitir que te insulten o degraden, que de alguna forma te hagan sentir mal.
Queda prohibido volver a pasar más de veinticuatro horas encerrado en casa, construyendo mundos imaginados en un pequeño monitor.
Queda prohibido sentir rabia.
Queda prohibido ojear fotos antiguas y buscar personas al fondo de las mismas.
Queda prohibido mirar atrás, en definitiva.
Queda prohibido entregar más de lo que debes, abandonarte a la pasión, desgarrarte la piel, pero a la vez...
Queda prohibido limitarte.
Queda prohibido volver a perder las mañanas (y las mañas).
Queda prohibido el dolor de cabeza y las espaldas truncadas.
Queda prohibida la Fiesta del Agua.
Quedan prohibidos los mejores y mejoras amigos.
Quedan prohibidos los hoteles pagados por un solo bolsillo.
Quedan prohibidas las camas separadas física o mentalmente.
Quedan prohibidas las citas insípidas pero también las cuarentenas.
Quedan prohibidas las camisas sin planchar.
Quedan prohibidas las novias coñazo.
Queda prohibido el callar, el no contar.
Quedan prohibidos los microondas, que calientan, pero no cocinan.
Quedan prohibidos los versos amanerados y las poesías invencibles.
Queda prohibido el sexo blando, las emociones edulcoradas, los conformismos.
Queda prohibido el dar opción a cualquier cosa que no desees.

Queda prohibido todo aquello que me prohíba. Todo aquel que no se permita estar en mi decálogo de permisos. ESO queda prohibido.



Dié



Sexo 2.0

Nos están timando. 

Vivimos en una incipiente sociedad de sentimientos obsoletamente programados, dónde jugar al Monopoly con las noches de pasión, se ha convertido en el primer entretenimiento 2.0 de nuestros fines de semana. Y digo 2.0, porque ya ni siquiera se cruzan miradas, se sueltan caricias, se tropieza suavemente o que cuernos, se empuja violentamente sobre la puerta de los baños. 

Hemos perdido el "fóllame aquí mismo", el "me muero por tus huesos", "atraviesame con la mirada y después...". Ni las noches de juerga son pasionales, ni el sexo es ya improvisado, excitante y sucio.

Tenemos móviles que programan con geográfica exactitud nuestras relaciones. No tenemos que esforzarnos en cautivar, ni mirar lascivamente, ni sonreír de medio lado. Unos centímetros visibles, unos metros con otro móvil, y kilómetros entre dos personas, que se encuentran, follan y se van con la sonrisa de haberse tomado la última píldora de autoestima.

Malos tiempos para aquellos que se les ocurra intentar sentir los placeres del cortejo tradicional, malos tiempos para los que no entiendan que las relaciones abiertas son las relaciones del presente y del futuro, malos tiempos para los que respetando todo tipo de relaciones, crean que la fidelidad, la intimidad y el compromiso significan algo en una ecuación de dos.

Nos han vendido la libertad de tal forma, que nos hemos creído que una vida sexual sana, pasa por protegerse de los sentimientos, de las emociones que como personas, tenemos derecho a experimentar. Hemos confundido el sufrimiento con la pasión y la pasión con el sexo en grageas. Follamos con el machito insensible y huímos del romántico empedernido, cuando a menudo, el primero llora ante cualquier inclemencia cotidiana y el que te mira con dulzura, te ataría en el cabezal de su cama para darte lo que tus más bajos instintos están pidiendo.

Han comercializado tanto el sexo, que pensamos que lo que no vemos, no está y disociamos sexo de respeto, morbo de compromiso, fantasía de amor. Y nos da miedo enamorarnos, sentir, o ser esas nenas que van por ahí escribiendo versos de melocotón. Porque las nenas no follan bien. Porque sentir es muy "out" y ellas los prefieren malos.

Pero amigos, los mejores polvos de la historia, siempre han sido los de los poetas, porque son ellos los que olvidan lo terrenal y entienden que solo abandonándose al placer (del cuerpo y del alma) se consigue explotar cualquier rincón corporal que una gota de sudor pueda recorrer.

Dié



O que me vai facer famoso

O que quero que vexas

40

 Cuarenta. Nada era tan importante, nada era tan grave, pero todo es necesario Diego. Puedo decirte desde aquí que lo estás haciendo muy bie...