Faro


Aparece de repente, y aunque sabemos que está ahí, muchos somos los que encallamos antes de ver su luz. Alto, fuerte y seguro, no sabe de razones, ni se preocupa de nosotros. No se mueve. Se queda inmóvil y nos ciega. Es de cemento armado y parece decir "aquí estoy". En muchas ocasiones, caminos serpenteantes nos recuerdan que no están hechos para ser encontrados fácilmente. A veces no funcionan. Otras veces no son lo que parecen, y simples sucedáneos sobre las rocas, nos empujan al acantilado y no sentimos nada en la caída. Han sido construidos para un motivo, que ellos mismos desconocen. No buscan. Son encontrados.

Pero cuando los vemos entre la niebla todo retumba, sacan sus sirenas y nos guían sin remedio. Y es inevitable sentir la fuerza de las olas, y su luz persigue tu mirada, y te encandila, y estás perdido, porque es él el que te lleva. Entonces sabes que has visto uno, que no es una atalaya, ni una torre, ni un peñón...

... y tu pecho explota, y no puedes más que rendirte al destino que su código y sus destellos han escrito en tu carta náutica. Y sueltas el timón.

Dié

Vientos alisios

Soplaban trémulos, pero constantes los vientos alisios. El verano se acercaba tranquilo, y yo, en mi barquito de vela contemplaba las casitas brillando sobre el manto verde que había dejado el lluvioso invierno. Era junio, y la temperatura era agradable. Siempre me había gustado jugar con poner patas arriba la cultura popular, y llamarle por ejemplo a este día el veranillo de Santa Aurora o cualquier estúpida ocurrencia.

A lo lejos una roca, viraba el timón con relajada expresión en mi cara, inspirando el cálido aire, cuando de repente un golpe de viento, me hizo abrir los ojos con alerta. Volviendo a mis tontas manías de ponerle nombre a todo, decidí que se trataba de una galerna. Me abrazó. Movió el casco como en aquella película que tanta angustia me causaba... ¿Cómo se llamaba? ¡Ah! ¡Si! "Fievel", "Feibol", "Foebel"... ese ratoncito aventurero. Me agarré, cerré los ojos, y como en la última parte de la canción de piano más allegro, las olas me transportaron a un mundo mágico de rayos de sol, refrescantes gotas e ilusiones naúticas. Los cabos corrían, las velas se izaban y bajaban y mi pequeño velero parecía disfrutar.



En menos de cuatro horas había ocurrido lo que tantas veces. La roca. Me encontré varado, al asfixiante viento solano y desorientado. Tan desorientado estaba, que las casitas parecían cárceles lejanas, y mis pies no tocaban nada firme, nada que me permitiese creer, que podría volver a sentirme seguro agarrado a mi mástil de proa. Lloré. Lloré para refrescar mi cara y gritar a los mil vientos que no se juega con los pequeños navíos. Y los vientos me contestaron... empujándome al mar. El viento del mediodía susurraba que la costa estaba cerca que nadase; la Tramontana, divertida, se mofaba de la situación y el Siroco con su polvo, no me dejaba ver.

Exhausto. Cuando estaba a punto de rendirme, recordé el principio de mi viaje, y los alisios, grandes compañeros, limpiaron mis lágrimas y trajeron paz. Mi barco ya no era el mismo, pero una vez sentado en cubierta, pude comprobar su nombre pintado en un lateral, con pintura cían y el brillo de las tormentas pasadas. María de los vientos. Otra vez me había confundido. Empeñado en ver lo especial del nombre, no me había dado cuenta de que mi barco se llamaba Rosa de los vientos, por aquella que tanto me gustaba de la ciudad herculina. 

Volví a puerto. Y cabizbajo amarre cabos, devolví el barquito y me fui a la taberna. - ¿Que te ha pasado pirata? - Me sonríó Gael, el camarero. - Ponme un Whisky solo. Hoy los vientos han querido matarme. - ¡Tu no bebes whisky pirata de tres al cuarto! - Tampoco sé navegar amigo, pero salgo cada día a encontrarme con el mar, y mañana... mañana quiero estar borracho y que el viento seque este sabor a Whisky y tabaco de mis labios.

A Aurora, Víctor y Alberto. Los vientos alisios que me hicieron ver con claridad, abriendo mi mente, cortando prejuicios y bloqueando mis orgullos siempre a favor del amor. Gracias.

Dié

Foto: Praia dos namorados. Aguete. Marín. 20:45 22/07/2014

El chico de siempre de la barra de siempre

Cuando creces rápido en un pequeño continente, a menudo es la imaginación lo primero que vuela, buscando espacio en otros cuerpos. Loco. En el norte. Te vi como dice Sabina, como canta Ismael, al fondo de una barra, en el estúpido local de siempre.

Cuando has explorado los cuerpos que tu ansiedad y tu locura de adulto temprano han querido, ya no te conformas con beber, olvidar y caer en brazos de cualquiera. Cuando entras en el oscuro atolladero de siempre, buscando tirar al retrete tus semanas duras, necesitas imaginarte y comprar la ilusión a cualquier precio. Como cualquier romántico de pacotilla, te inventas una relación en el polvo de esa noche, que por la mañana desechas, recordando tus viejos amores de verdad, tus fracasos personales, tu rotura de huesos anual, tus sueños perdidos.

Salía entonces dando yo la mano al guapito de turno, si la noche iba bien, o con mi soledad acogiéndome en el primer tren de la mañana, para arroparme después en la cama que me tocase (malditas mudanzas que a veces te congelan el corazón). Salía de todas las formas que conocía, con el ron nublándome el entendimiento, achinándome los ojos, empujándome al vacío. Y allí estabas tú, ignorándome, bebiendo, riendo, intacto. 

Me gustaba verte allí, seguro. Me preguntaba si un día de estos, abrirías la puerta de la bodega y en ese mismo antro tendrías tu casa. Me gustaba pensar que eras de esos hombres que no convenían, esos que no saben que existes ni cuando te presentas. Y no me presentaba. Prefería tenerte allí, el chico de siempre en la barra de siempre. Y sin contar a nadie este adoración secreta, cada vez que te veía alimentaba mi relación de mentira, eras lo más estable de mis noches coruñesas que cuando te tenían se convertían en estúpidamente familiares. 

Nunca dije nada. Nunca quise conocerte. Ni tan siquiera acercarme. Ni mis noches más embriagadoras me empujaron a una simple mirada mantenida. Sabía que estabas allí y era suficiente para despertarme y vivir mi noche alejada de todo, menos del puede ser o del todo vale.

A veces pienso que sois dos personas diferentes, en dos épocas diferentes y me da miedo perder al chico de la barra, con mirada despistada y a la vez aires de tener todo controlado. Entonces sonríes. Y a esa sonrisa le vuelve a cantar Sabina, y veo la barra del bar, y me pongo nervioso, siento el alcohol nublándome la vista...

tiemblo...

 y la magia de sentirme como en casa ya no solo ocurre en el Marítimo. Y todo puede ser. Y todo vale. Y eres tú quién das la mano firme y ninguna noche vuelve a ser la misma que la anterior.


Dié

De óxido y hueso


“En cada mano hay 27 huesos diferentes. Si te rompes un brazo o una pierna, el hueso crece de nuevo debido a la calcificación. Tu brazo o tu pierna por lo tanto,  pueden llegar a ser aun más fuertes. 

Pero una fractura en la mano nunca soldará del todo bien. En cada batalla y en cada golpe vas a pensar en ella. Debes de tener cuidado, porque de vez en cuando  el dolor regresará. Son como pinchazos de agujas, parecidos a astillas de vidrio” 




De óxido y hueso





La ingeniera vida y la puta psicología

"Os enxeñeiros vemos un camiño, trazamos unha liña recta e vamos de A a B, vos, os psicólogos, antes de chegar a unha conclusión, dades unha volta en redondo, e mirades o problema dende diferentes ángulos. Vaime custar moito pensar como psicóloga"




Cinco años son suficiente para moldear una forma de vida, que no es otra que intentar terminar aquellos proyectos, aquellos puentes que nos construimos a lo largo y ancho de nuestras vivencias. Porque no soy ingeniero, pero los admiro.

Y es que lo que nos diferencia a los psicólogos, es que estamos constantemente intentando cuidar nuestra salud mental, pero en especial, la de los demás. Porque una persona destrozada a nuestro lado, es un puente decrépito y sin unir, un caramelo para el ingeniero, un reto para el psicólogo, un desasosiego para cualquier persona, que intenta ser feliz.

La felicidad no se construye desde uno mismo, desde dentro. Los puentes no sirven de nada si no unen ciudades, mundos. Las personas solo podemos tener una vida plena, si los nuestros se dan la mano, se acompañan, se quieren.

Pero hay algo que en especial, compartimos ingenieros y psicólogos, y es que de nada sirve la obra, si no se cuida al autor, y el autor, tantas veces obnubilado por la toma importante de decisiones, por planificaciones interminables y dedos inquisidores... cae. Como quién se tira al vacío en el centro de París, o el que abandona su suerte en una botella de whiskey. ¿Y quién va a entender a un ingeniero emocionalmente inestable, o a un psicólogo egoísta?

Y al día siguiente te despiertas al lado del ingeniero, que ha caído sobre tu cama, al tirarse de la Tour Eiffel. Ebrio todavía te preguntas que has hecho mal, si la fórmula la tenías clara. Y él o ella te contesta: "Puedes contar conmigo" Y reparas puentes, construyes corazones, pintas calzadas rectas y vuelves a tener fuerzas para unir A con B de la mejor forma que sepas, pero eso ya es otra historia, y hoy soy el psicólogo trazando líneas equivocadas. Todavía.


Dié

Camarero. la última

"El peligro es una exaltación arcaica, más o menos inasible y turbia. Algunos días se manifiesta en circunstancias inverosímiles, sin invitación, y te descabalga. En tercero de bachillerato yo me sentaba con Óscar, un tipo duro, sin modales, que me enseñó a suspender seis asignaturas de una tacada en un trimestre. Tengo un buen recuerdo de él. Hacía cosas tan bellas y delicadas como liar dos porros a la vez. Yo veía en silencio aquella danza y me parecía que era como interpretar al piano un allegro moderato de Schubert. En cambio, cuando redactaba un trabajo, y se enfrentaba a un diptongo o un hiato, le castañeaban los dientes. No sabía colocar la tilde, y, cada vez que se acercaba una secuencia de dos vocales, la sombra le producía un gélido desasosiego. No tenía sentido, pero el miedo es eso, un sin sentido que te toma, te va tomando, te tomó. Su lógica te aplasta como si fueses un despreciable cigarrillo salido de una escena de Sergio Leone. No se deja explicar. Cortázar, que había escrito instrucciones para subir escaleras, o para dar correa a un reloj, redactó también unas breves notas para tener miedo. Pero el miedo, por regla general, huye del contacto.
Algunos días la boca todavía me sabe a la noche que entré en un pub de Ourense para tomar la última copa, y el camarero me respondió que no había más copas. Nada se compara a la displicencia de un camarero. Suena como uno de esos tiros fallidos, filmados también por Sergio Leone, que te hacen volar el sombrero veinte metros. Era un viernes triste y apacible, como a mí me gustan. Hay un cuento de Lorrie Moore en el que la narradora señala que hay que elegir la infelicidad con cuidado. «Esa -añade- es la única felicidad en esta vida: elegir la mejor infelicidad». Nunca me sentí tan expuesto a la intemperie como a esa hora. En el primer momento creí que se refería a que no había vasos limpios y me conformé con que me diese de beber en uno sucio. No soy dogmático. «Ni sucias, ni limpias, ni hostias», precisó el camarero. Nadie me había negado la última copa de esa manera. De pronto, sentí miedo, como si temiese llegar a casa sobrio e introducir la llave en la cerradura a la primera. Es la clase de error que aguarda tu madre, despierta en la cama, para dormirse tranquila. Pero tú no estás hecho para acertar, [...]



Yo solo quería beber la última, constatar la derrota e irme a casa en zig zag. La copa final te habla del futuro, te promete que todo irá mejor la próxima noche, te arropa cuando te metes en cama. Esa copa es un sueño de eterna juventud, la infelicidad total y perfecta de la que habla Lorrie Moore. Todos necesitamos certidumbres así, falsas pero hermosísimas. Nadie bebe la última copa de la noche por gusto. Ojalá. La vida está llena de inercias, de cosas que ocurren porque el pasado las empuja. Quizá por eso, y un poco por la cogorza, busqué en el bolsillo el teléfono, averigüé el número de la policía local y llamé. Se puso mi abuela. Parecía evidente que me había confundido de número. «Vuelve a la cama, tata», le pedí, y colgué sin un adiós. Al segundo intento descolgó un policía. Le expuse que me encontraba en el pub tal y que el camarero se negaba a servirme un whisky con cola. «¿Pueden hacer algo?, ¿tienen competencias?», pregunté. No entendí muy bien la respuesta, pero sentí la displicencia del policía, que sonó como el silencio que se produce tras uno de esos tiroteos del cine de Leone.
Devolví el teléfono al bolsillo, como si fuese odio viejo, y salí del pub echando al camarero una de esas miradas que Bukowski aconsejaba reservar para idiotas de cuarta categoría. Inevitablemente, me fui con miedo al futuro. A veces el futuro es algo que ya pasó. Álvaro Cunqueiro afirmaba que los gallegos somos tipos ahistóricos, sin una memoria clara de la época en la que suceden las cosas. A menudo creo que la última copa te ayuda a recordar el futuro. Es esclarecedora. "

Juan Tallón

Malasaña




Sé que vivirás en Malasaña, que te besarán en los portales de Corredera Alta volviendo del Tupperware y beberás copas de mierda en noches vulgares que no olvidarás nunca. Dormirás poco, llorarás más de la cuenta y echarás de menos aquella cama - que aún te espera - y te cagarás en los muertos de aquel payaso que un día como hoy te vendió esa ciudad inexplicable (...). Pasarán los meses dormirás poco, llorarás menos y recordarás con cariño aquella cama, porque ya no será la tuya. Ya nunca lo será. Porque la tuya está en Madrid.

Y un día, sin más, no existirá otra ciudad.

Porque no la hay.

Consultorio NI: Véndeme Madrid

O que me vai facer famoso

O que quero que vexas

40

 Cuarenta. Nada era tan importante, nada era tan grave, pero todo es necesario Diego. Puedo decirte desde aquí que lo estás haciendo muy bie...